Mortecina

Uno... Dos... Tres, Bum. Desperté, salté de la cama, abrigué mis pies con un par de pantuflas, abrí la puerta y allí estaba Mortecina esperando.

Me acarició una pierna con su cola y me sentí realmente afortunado de tener contacto con otro ser vivo.

Uhh... Me mojé de nuevo, la gotera de arriba hacia abajo, hace días que llueve y nadie se molesta en ayudar. Pero como siempre, logro secar todo el líquido con ese mágico polvo que me recomendó mi vecino, y el sí que se inunda, es extraño que cada vez que lo visito siempre está todo seco, muy seco para mi gusto de hecho.

No me gusta que llueva por eso guardo polvo mágico de sobra, aunque a veces Mortecina se lo traga y la veo poseída, parece que la inmortaliza, la pobre ni ve, escucha a veces mis suspiros y se emociona, a ella sí le gusta que llueva.

La odio pero la amo, es realmente extraño.

A veces cuando llueve me resbalo y al momento estoy sangrando, qué golpazos, y como el polvo ya nos tiene idiotas, hasta las sillas me golpean. Desgraciadas, doblan sus patas y me hacen caer mientras trato de controlar la inundación.

A Mortecina esto sólo le causa gracia, lo sé porque la infeliz charla con los cuchillos y navajas, les pide que rocen mi piel. Sus ojos no mienten, ella es cruel, no me quiere tanto como yo a ella y es que el amor es así, uno se desgarra mientras el otro se larga y deja su cuerpo ausente dejándose dar cariño mientras su mente fabrica no sé qué sueños.

Uno resulta hasta transpirando amor, mientras el otro goza de un fantástico show de humillación.

Luego de que los muebles y los metales me han dado una paliza, yo regreso como cualquier idiota después de llover, a mi cama, allí las cobijas tratan de abrazarme pero como son tan delgadas solo pueden besarme, así que me besan el cuello con loca pasión hasta hacerme enrojecer y caer. 

Uno... Dos... Tres, Bum. Desperté, ahhh sigue lloviendo, ¡pero qué diluvio mas aburrido! ¿Cuándo dejará de llover?

Y ¿cuándo llegará la ayuda para mis goteras?

Qué hoyos más gigantescos los que dejan asomar al liquido, tendré que limpiar de nuevo yo sólo.

Camino con mis pies desnudos a buscar el polvo absorbente y de repente aparece Mortecina corriendo por la esquina del baño.

Con su cuerpo en mis pies doy una danza de ballet inesperada y mis labios deciden darle un apasionado beso húmedo de rojo a la escalera.

¡Ay que dolor! Mi corazón se desbordó.

Uno... Dos... Tres, Bum. No desperté.

Mortecina me salvó.

© 2019 Ximena Mora

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